11 millas

I. No puede ser casualidad. 11 millas en el noroeste de South Carolina, en el condado de Spartanburg. Esa es la distancia que separa los institutos de dos de los jugadores que más ganas tengo de ver el próximo año en la NFL y en la NBA. Algo menos de 18 kilómetros que se recorren desde la pequeña escuela privada Spartanburg Day School, emplazada al otro lado de la Carretera 29, más allá de los límites territoriales de Spartanburg, hasta el vasto campus del Paul M. Dorman High School, situado en la intersección que forman cuando se cruzan la Interestatal 26 y la Carretera 221, a las afueras de Roebuck, al sur de la propia Spartanburg. Allí, delante de las 13.000 personas que caben en el Cavalier Stadium, JJ Arcega-Whiteside cimentó durante cuatro temporadas su camino hacia la Universidad de Stanford con 207 recepciones, 3.779 yardas recibidas, 38 touchdowns y, en su último año de instituto, el premio Gatorade South Carolina Player of the Year. Era diciembre de 2014 cuando recibió el galardón y en aquella época en ese otro colegio situado 11 millas al norte ya empezaba a destacar sobremanera el nombre de un chaval que entre octavo y noveno grado creció 16 centímetros (de 175 a 191 centímetros de altura) y que apenas unos meses después, en marzo de 2015, consiguió participar en el SCISA North-South All-Star Game pese a ser jugador de primer año. Sus estadísticas de freshman en el high school atestiguan su impacto precoz sobre una cancha de baloncesto (24.4 puntos, 9.4 rebotes, 2.8 asistencias, 3.3 robos y 3 tapones por encuentro), pero, en realidad, su nombre nos alcanzó a todos como un proyectil de mortero, arrasando el horizonte con highlights de Youtube viralizados en las redes sociales. Zion Williamson. ZION WILLIAMSON. El adolescente de los mates. Hasta el rapero Drake apareció en público con una camiseta de aquel chaval que por entonces apenas tenía 16 años y ya estaba obligatoriamente destinado a ser alguien en esta vida.

Aunque, en verdad, esa última frase que he escrito sea una soberana gilipollez.

II. El Proceso, tankear, acumular activos para el futuro o de la forma que lo queráis llamar. Me da igual. Es todo una mentira. En el deporte profesional hay que ganar cada partido que se juega. No hay más. Es lo único que importa. Competir siempre. Tratar de vencer a tu rival. Fracasar cada temporada porque únicamente hay un objetivo para todos los equipos y solamente uno de ellos puede alcanzarlo. Un objetivo único y deseado, el mismo para todos los equipos, seas grande, mediano o pequeño. Derrotar a todos tus rivales. Ganar la competición en la que estás participando. Ganar, ganar, ganar y hacerlo ya. En todos y cada uno de los partidos en los que sales al campo. Todo lo demás es mentira, literatura barata que sirve para rellenar centenares de textos sobre perdedores y miles de conversaciones teóricas, pero que se alejan del todo del epicentro del deporte profesional. De lo práctico. De lo más básico y seminal: el deporte profesional es competición. En el deporte profesional lo único que importa es ganar. Salir con una sonrisa en la fotografía de la portada del periódico con el trofeo entre tus manos. Fracasar al final de cada temporada porque alguien ha sido mejor que tú y regresar la temporada siguiente con el mismo objetivo que tuviste la temporada anterior. Sudar y trabajar. Ganar, ganar y ganar. Hacerlo ahora, hoy, no mañana. No dentro de unos años, de cinco, de diez, de quince, de los que sean.

Porque no hay mayor certidumbre que la incertidumbre que nos trae el futuro.

III. La destreza de Zion Williamson en su único año en la Universidad de Duke nos permite poder afirmar sin ningún tipo de dudas que, a su edad, no había un jugador tan determinante desde que los New Orleans Hornets eligieron a Anthony Davis con el número 1 del draft del año 2012. En el siglo XXI, además, apenas hay otros dos jugadores que consiguieron llegar a la NBA con ese aura especial, la de llamados a ser la revolución en su disciplina: Blake Griffin (número 1 en el draft del 2009 elegido por los Clippers; en su segundo y último año en la Universidad de Oklahoma su dominio fue aplastante con más de 22 puntos y 14 rebotes por partido) y LeBron James, the chosen one (número 1 del draft del 2003 elegido por los Cavaliers tras convertirse en el jugador de instituto más conocido de la historia del baloncesto, portada de Sports Illustrated incluida). El camino de todos ellos en la mejor liga del mundo es de sobra sabido: antes de alzarse con su primer anillo en Miami, LeBron James acumuló frustración tras frustración en sus siete primeros años en Cleveland, mientras que Blake Griffin abandonó vía traspaso los Clippers tras siete años y medio sin ningún anillo y Anthony Davis se ha reunido este verano en Los Angeles con el propio LeBron James tras siete temporadas en New Orleans y apenas dos presencias en la postemporada.

Ninguno de los tres viste ahora la camiseta con la que debutó en la mejor liga del mundo, sólo LeBron James sabe lo que es ganar el campeonato de la NBA y ninguno de los tres ha logrado alzarse con el anillo en la franquicia que le drafteó (sí, LeBron ganó con Cleveland, pero fue en su segunda etapa). Y todavía hay más coincidencias interesantes: los tres fueron el cimiento en la reconstrucción de unas plantillas que tardaron en ser ganadoras (LeBron y Davis no llegaron a los playoffs hasta su tercera temporada NBA, mientras que Griffin minimizó ese camino en un año menos) y que, aunque terminaron en convertirse en ganadoras, nunca dieron el salto de calidad definitivo. El dato que lo atestigua es demoledor: sólo los primeros Cavs de LeBron alcanzaron las finales de la NBA. El caso de los Clippers de Griffin y de los Hornets/Pelicans de Davis es todavía más flagrante: en siete años y medio y en siete años, respectivamente, ni siquiera supieron lo que es jugar unas finales de Conferencia.

Y he aquí, ahora, que aparece la mediática figura de Zion Williamson. Con todas las virtudes, físicas, tácticas y técnicas, para convertirse en el elemento distintivo sobre el que pivote el baloncesto de los próximos años, con numeroso talento joven a su alrededor para crear un equipo ganador (Lonzo Ball, Brandon Ingram, Josh Hart, Nickeil Alexander-Walker…) y tropecientos picks de los Lakers hasta que acabe el siglo XXI gracias al traspaso de Anthony Davis.

Y, pese a todo, con la cada vez más clara y meridiana sensación de que esta NBA de ahora va más rápido de lo que nos damos cuenta.

Porque el éxito en esta NBA de los últimos años, del último lustro o de la última década, no espera a nadie y mucho menos todavía si al que hay que esperar es a algún proyecto cocido a fuego lento que quiera triunfar a futuro.

Que se lo digan a tantos y tantos equipos. Ejemplos hay de sobra, desde Boston hasta el lugar al que alcance vuestra vista.

La certidumbre de la incertidumbre, recuerden. La única certeza que vale.

IV. Los Philadelphia Eagles, sin embargo, viven en el presente. Campeones de la Superbowl en el año 2017, el año pasado alcanzaron la Divisional Round de la NFC y en esta nueva temporada quieren volver a regresar una vez más a la postemporada. Sería su decimotercera presencia en el playoffs desde el año 2000. Doug Pederson, su entrenador, sabe lo que necesita, lo que quiere y va a por ello, sin dudarlo. La elección de JJ Arcega-Whiteside, número 53 de la segunda ronda en el último draft, es un buen ejemplo de ello.

Cada vez que escribo sobre él me obligo a mí mismo a ser lo más neutral posible (no suelo escribir sobre deportistas a cuyo padre he animado en una cancha de baloncesto), pero es que ni siquiera necesito ser lo más neutral posible para expresar mi opinión sin caer en filias o fobias: en los últimos tres años he visto demasiados partidos de la Universidad de Stanford para saber sin riesgo a equivocarme que JJ Arcega-Whiteside es uno de los mejores proyectos de wide reciever para el último tercio del campo que ha salido del college en los últimos años. Y no es que lo piense yo, sino que Pederson lo tiene todavía más claro: “Estoy impresionado con su habilidad para elevarse. Es grande. Es alto. Es atlético. Tiene buena velocidad. Tiene buenas manos. Todas las cosas que ves en los vídeos te llaman la atención y, entonces, simplemente continuas viendo más cintas”, le define.

Hay un dato que avala las palabras de Pederson: el año pasado en la temporada de college, el rating de pase de los QB cuando su objetivo en el lanzamiento era Arcega-Whiteside fue de 135.6. Es decir, el tercero más alto de todos los equipos universitarios.

Como Zion Williamson en la NBA, JJ Arcega-Whiteside tendrá que asumir responsabilidades desde ya en la NFL, pero al equipo de uno de los dos le exigirán ganar antes que al otro.

A veces, la diferencia entre ganar o perder, entre el presente y el futuro, puede medirse exactamente en once millas de distancia.


COMPARTE EL TEXTO EN REDES SOCIALES Y SUSCRÍBETE SI QUIERES RECIBIR TODAS LAS NOVEDADES DE WOLCOTT FIELD.