Fachadas

I. Si alguien se lo pregunta, el Wolcott del nombre del título de esta especie de cuaderno de bitácora hace referencia a una larguísima calle de Chicago. Yo la conozco bien. Me encantaba pasear por ella, incluso cuando llovía o nevaba. Las ardillas corrían por la hierba y saltaban a los troncos de los árboles hasta perderse entre sus infinitas ramas. Las bicicletas se movían sobre un manto de hojas caídas y los alumnos de un colegio de primaria se perseguían sobre la acera. A veces, entre la música de mis auriculares se colaba el sonido del traqueteo del metro elevado sobre los raíles de la oxidada estructura de hierro por la que se desplazaba. Las puntas de los bates sobresalían en las mochilas de niños y niñas con gorras que se dirigían a los campos de béisbol de los parques más cercanos. Y edificios de ladrillos rojos y verjas negras se entremezclaban con casas de dos plantas de tonos suaves y porches de madera.

En la mayoría de sus fachadas, las banderas ondeaban sobre mástiles. Las trece barras y las cincuenta estrellas de la de los Estados Unidos, pero también las de los Bears, los Cubs o los Blackhawks.

Y, sobre todo, las de universidades como Notre Dame, Michigan, Michigan State, Ohio State, Northwestern, Illinois, Wisconsin o Indiana.

Sea en el lugar que sea.

Haya pasado el tiempo que haya pasado.

Un estadounidense nunca abandona su universidad.

II. Hace unos días os conté que Zion Williamson, el número 1 del draft de la NBA de este año, y JJ Arcega-Whiteside, el primer español drafteado de la NFL, estudiaron en dos institutos situados a 11 millas (menos de 18 kilómetros) de distancia el uno del otro en South Carolina, pero el deporte estadounidense siempre guarda más casualidades sorprendentes en los 9.147.593 kilómetros cuadrados de superficie del país norteamericano.

Una de ellas sucede en Boca Grande.

Al suroeste de Florida, unas 100 millas al sur de Tampa, Gasparilla Island debe su nombre a José Gaspar, el último de los bucaneros, un supuesto pirata español que, en caso de haber existido, saqueó las costas de Florida entre finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX. Su isla (y, según dicen, escondite de un gran tesoro enterrado en alguna parte) tiene apenas una extensión de largo de siete millas (alrededor de 11 kilómetros) y tan sólo una milla de ancho en su parte más estrecha. La citada Boca Grande, con poco más de 1.500 habitantes y aroma a pasado, es la localidad más poblada de una porción de tierra tranquila, en la que gente de alto poder adquisitivo disfruta de la comodidad de sus vacaciones en la cálida arena de playas vírgenes mientras se desplaza en carritos de golf y sale en busca del sábalo real en sus botes de pesca. Familias aristocráticas como los Du Pont, los Rockefeller o los Vanderbilt, el expresidente George W. Bush, la actriz Katherine Hepburn o los Busch (sí, los de la cerveza Budweiser y los del nombre del estadio de los St. Louis Cardinals) son algunas de las personas que han pasado alguna parte de su vida en ese lugar paradisíaco.

Y también, en la actualidad, Nick Saban y Dabo Swinney.

Supongo que su presencia juntos en esa isla de poco más de 10 kilómetros de longitud en un país de más de 9 millones kilómetros cuadrados de extensión pasaría desapercibida si no fuera porque Nick Saban es el entrenador de la Universidad de Alabama, Dabo Swinney es su homólogo de la Universidad de Clemson y ambos equipos se han adjudicado los cuatro últimos campeonatos del College Football Playoff National Championship. Con tres finales entre ellos incluidas.

Una rivalidad recurrente entre las dos grandes potencias del football universitario en la actualidad que, tal y como pudimos saber gracias a Sports Illustrated, en Gasparilla Island encuentra su parte más amistosa en forma de apuesta: desde el año 2016, el primero en que ambos técnicos se vieron las caras en la final, el entrenador que pierde el partido por el título le paga al ganador una cena en The Temptation, un restaurante de Boca Grande que abrió sus puertas en 1947. Primero fue Swinney el que le regaló un cheque por valor de 250 dólares en The Temp a Saban, pero después ha sido Saban el que le ha tenido que regalar a Swinney dos cheques por valor de 500 dólares cada uno en The Temp tras perder dos finales contra los Tigers.

¿Saban o Swinney? ¿A quién le tocará este año pagarle al otro las gambas, los cangrejos y las ostras?

III. Según nos contó Chantel Jennings en The Athletic, una de las grandes preocupaciones de Vinny Passas, que fue entrenador de Tua Tagovailoa en el Saint Louis School de Honolulu (Hawaii), es la propensión de su pupilo a esconder el balón, correr y recibir golpes de sus rivales en vez de salirse de los límites del terreno de juego para dar por finalizada la jugada. Algún defecto tiene que tener un jugador que el año pasado se fue hasta las 3.966 yardas de pase y los 43 touchdowns en su segunda temporada como QB de la Universidad de Alabama, la primera como titular tras su gran irrupción en la final nacional del 2017. De origen samoano, zurdo, con el número 13 a la espalda, el penúltimo eslabón de una familia amante del football por culpa de su abuelo paterno Seu (Myron, primo de Tua, juega en Notre Dame y Taulia, hermano de Tua, acaba de unirse también a Alabama, mientras que Adam, otros de sus primos, militó hasta el curso pasado en la Navy), Tagovailoa realizó el año pasado una temporada tan impactante como la de Pat Mahomes en la NFL, pero, al final, cuando las focos de la discoteca se encendieron, los cañones de luz terminaron enfocando a un tipo más joven, más alto y y con una melena más rubia.

Como (un joven) Tom Brady con Mahomes.

Como ocurre siempre.

Se llama Trevor Lawrence y aseguran que es el quarterback perfecto.

El heredero de Peyton Manning.

Pero más tímido e introvertido.

IV. Los estudiantes de la Universidad de Wisconsin saltando al unísono en Camp Randall al ritmo de Jump Around.

Los jugadores de Notre Dame golpeando el cartel de “Play Like A Champion Today” cuando descienden por las escaleras de vestuarios.

Más de 100.000 personas cantando Dixieland Delight en el Bryant-Denny Stadium en los partidos de la Universidad de Alabama.

Los aficionados de la Universidad de Iowa girándose al final del primer cuarto hacia el Stead Family Children’s Hospital para saludar a los niños enfermos y a sus familiares.

La gente de Texas A&M juntándose en el Kyle Field la noche anterior a los partidos en el Midnight Yell mientras entonan The Aggie War Hymn.

El Sooner Schooner recorriendo el campo cada vez que la Universidad de Oklahoma anota.

Los jugadores de Clemson bajando al terreno de juego por una colina antes del inicio del partido después de acariciar la Roca de Howard.

El pato de la Universidad de Oregon montado sobre su Harley-Davidson.

Los músicos de la banda de Stanford tocando canciones vestidos de superhéroes.

Los fans de la Universidad de Washington navegando con sus barcos justo antes de entrar al Husky Stadium.

El Beaver Stadium con todas sus gradas repletas de gente vestida de blanco cuando juega Penn State.

Los cencerros de las vacas en los partidos de Mississippi State.

Uga The Bulldog, la mascota de la Universidad de Georgia. Y Bevo The Longhorn, la mascota de la Universidad de Texas.

Dan Borne, el speaker de LSU con voz de poema de Edgar Allan Poe, recitando: “The sun has found its home in the western sky… It is now Saturday night in Death Valley!” (“El sol ha encontrado su hogar en el cielo del oeste… ¡Ahora es sábado por la noche en el Valle de la Muerte!”).

Se acerca ya.

Estoy salivando.

Apenas puedo dormir por las noches.

Deseo con todas mis fuerzas que empiece la temporada de College Football para poner por fin mi bandera en la fachada de Wolcott Field.

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