Monos

I. Una compañera de trabajo de mi mujer en Estados Unidos hizo un viaje por Europa con sus padres cuando era pequeña. Años después, mi mujer le pregunto qué era lo que más le había gustado de España en ese viaje y ella contestó: “El peñón que tenéis lleno de monos”.

Sí, ya sé que ese peñón no pertenece a España.

Cuento esa anécdota porque, aunque hay todo un océano de separación entre América y Europa, muchas veces creemos que el mundo se ha convertido gracias a la globalización en un espacio único y, en realidad, no es así. Somos diferentes los unos de los otros y eso es lo que hace que esta vida sea, al menos, un poco interesante. Más divertida y menos predecible.

Supongo que, por ejemplo, el concepto de antiguo es totalmente engañoso para un estadounidense en relación a un europeo. Mis padres y mi suegra tienen utensilios heredados que cuentan con más años de existencia que los Estados Unidos de América como país. Es un hecho indiscutible, que debe marcar cualquier análisis al respecto. Sobre la chimenea de la bodega de la casa de mis padres en el pueblo hay cacharros, casi todos ellos inservibles y relacionados con la agricultura, que pertenecen a mi familia desde antes de que se produjera el Motín el Té al otro lado del Atlántico. En la casa del pueblo de mi suegra, en un rincón del salón está el jarrón de barro con el que su abuela o su bisabuela o su tatarabuela hacía las lentejas y los garbanzos hace más de setenta, ochenta, cien o más años, qué sé yo.

Para un europeo que ha vivido casi toda su vida en su continente y que desembarca en Estados Unidos es difícil poder considerar algo como antiguo. ¿La Old State House en Boston? Es de 1713, nosotros tenemos el Partenón, que es del 447 antes de Cristo. ¿La Catedral de San Luis en New Orleans? Nuestro Coliseo de Roma se terminó de construir en el 80 después de Cristo. ¿La Pirámide Transamérica en San Francisco? Los romanos ya llevaban agua en el Acueducto de Segovia en el siglo II después de Cristo. ¿El Edificio Flatiron en New York? Ese rascacielos centenario con forma de plancha se construyó en 1902 cuando la Torre Eiffel acumulaba quince años alcanzando los 300 metros de altura en París. Y podría seguir y seguir y seguir con multitud de ejemplos más.

Sin embargo, el concepto de antiguo, como la mayoría de conceptos, es relativo.

Nosotros vivíamos en Estados Unidos en un apartamento de un edificio que tenía más de cien años (y en España vivimos en un edificio que no llega ni a la década de existencia).

Y hemos pisado el jardín de la casa en la que Ernest Hemingway nació hace 120 años.

Y en el restaurante Portillo’s de las calles West Ontario con North Clark de Chicago está en la pared la bandera original que estaba colgada en el mítico Chicago Stadium del título de la Stanley Cup de los Chicago Blackhawks en el año 1938.

Y el cine al que más me gustaba ir se inauguró en el año 1918.

Y nos hemos tomado una cerveza en el primer bar que existió en Estados Unidos.

Y nos hemos quedado sin palabras en el Grand Canyon.

Para mí, todo eso es antiguo.

(Sobre todo el Grand Canyon, que tiene seis millones de años).

Aunque la gente que lo gobierna se empeñe en intentar demostrar lo contrario, el mundo en el que vivimos es de consensos mínimos y de conceptos relativos.

II. Me encanta el calendario de la NFL. Es de esa especie de extrañas certezas que, casualidad o no, terminan cerrando la cuadratura del círculo: nadie sería capaz de explicarlo objetivamente y convencer a una multitud de su acierto, pero funciona. Vaya sí funciona. Es una competición corta e intensa. Es una competición competitiva e igualada. Es una competición que consumes hasta la extenuación. Si alguna vez empiezas a seguirla de soslayo y no acabas enganchado… No, es imposible que a alguien le pase eso. Acabará enganchado sí o sí. Como con el football universitario, el otro gran ejemplo de calendario que nadie sería capaz de explicar objetivamente y de convencer de su acierto, pero que funciona.

VAYA SÍ FUNCIONAN.

O que han funcionado, porque ahora, amigos, ha llegado el momento de cambiar.

La eterna lucha entre la tradición y el modernismo ya está de nuevo aquí.

¿Dejar el calendario de la NFL tal y como está? ¿Ampliar la competición a 18 partidos en el que los jugadores únicamente puedan jugar 16 de ellos? ¿Aumentar un encuentro más y un bye? ¿Sumar dos equipos más a los playoffs por el título? ¿Integrar la Big 12 con la Pac 12? ¿Hacer una Premier League con equipos de las cinco grandes conferencias de la NCAA Football (lectura recomendada, este texto de Stewart Mandel en The Athletic)?

No soy un reaccionario. Como sabéis los que seguís este espacio, pienso que la vida es dinámica y nunca se detiene por nada ni por nadie. Las cosas cambian. Las cosas han de cambiar. Algunas de las propuestas para la NFL y la NCAA Football me parecen muy interesantes.

Pero antes de nada, también conviene saber que una vez que has conseguido cerrar la cuadratura del círculo es realmente complicado volver a cerrarla una vez más.

III. En el deporte estadounidense, si hay una historia interminable, una guerra de los cien años entre la tradición y el modernismo, es sin duda la que se vive en torno a la pelota de béisbol. Joe Posnanski, al que a partir de ahora en este espacio siempre se le referirá como dios porque es, básicamente, dios, lo cuenta de forma muy divertida en este texto. Simplificando muchísimo, según varían las estadísticas año tras año, los estadounidenses llevan más de un siglo discutiendo sobre si la liga efectúa cambios en la SAGRADA pelota de béisbol, la truca y la prepara, para que alcance mayor velocidad, para que sea más viva en los lanzamientos y no hace públicos esos cambios. En lo que Posnanski llama en su texto de forma graciosísima “Science time!”, hay decenas de personas que llevan haciendo experimentos para demostrarlo desde hace eones, pero los resultados de esos experimentos siempre han sido los mismos: inconclusos. En esta temporada, el número de home runs está alcanzando límites insospechados, así que llega el momento de regresar una vez más al “Science time!”.

O, tal vez, quizá lo más sencillo sería entender que la fabricación de una pelota de béisbol no es igual en la actualidad que hace cincuenta años. Que los materiales varían. Que los procesos se actualizan.

Ja.

Jaja.

Jajaja.

Llevamos toda la vida discutiendo sobre la pelota de béisbol y vas a venir tú a pedirnos que aceptemos que la vida es dinámica, que cada pelota es diferente y no sé qué mierdas más y que no hay una conspiración judeo-masónica organizada al más alto nivel.

¿Qué será lo próximo?

¿Qué la tradición y el modernismo se sienten en asientos contiguos en un campo de béisbol?

IV. Si hoy alguien me preguntara lo que opino de la eterna lucha entre la tradición y el modernismo creo que contestaría con una anécdota que, aunque parece sacada de la gloriosa película Amanece que no es poco, sucedió de verdad en el pueblo de mi mujer.

Un día, el tío Juan, de noventa y pico años, se cayó al suelo nada más salir de su casa y se quedó tumbado ya que no se podía levantar. Al rato, pasó por su lado un paisano, con más de ochenta años, que al verle en el suelo pidiendo ayuda le dijo: “No, no, si yo no puedo levantarte” y siguió caminando como si no hubiera pasado nada. Al ver la escena, otro vecino, más joven que el tío Juan y que el otro, salió corriendo de su casa y, mientras ayudaba al tío Juan a levantarse, echó la bronca al vecino que había pasado de largo sin ayudar.

El primer vecino es la tradición. Aquel que no tiene fuerzas para cambiar nada o que no quiere cambiar ya nada y prefiere seguir caminando hacia adelante sin mirar hacia atrás.

El segundo vecino es el modernismo. Aquel que no puede soportar que nada cambie cuando se tienen las herramientas para poder cambiar.

Como ocurría en aquel viejo capítulo de Los Simpson entre la ciencia y la religión, quizá lo mejor sería que un juez decretara que ninguna, ni la tradición ni el modernismo, se pudiera acercar al otro a menos de cien metros de distancia.

Así nos quitaríamos un problema de encima.

Aunque bien es cierto que todos en el pueblo de mi mujer sabemos que el tío Juan está más veces en el suelo que de pie y que alguien en algún momento tendrá que ir a ayudarle a levantarse.


PS. Este texto lo he escrito al lado de una ventana abierta, mirando a un monte que me encanta, con tres burros comiendo hierba a escasos metros de mí y unas gallinas cacareando.

Y muy cerca de esa ventana hay una larga recta de una carretera que cada vez que recorremos con el coche mi mujer dice que le recuerda a esas carreteras que recorrimos para llegar al Gran Canyon.

Cada uno ve el mundo de la forma que más le apetece.

Es lo más acertado.

Todos nosotros somos diferentes.

Lo único que necesitamos es tener conceptos relativos y alcanzar consensos mínimos.


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