Hugo

I. En Christiansted, la pequeña ciudad de la isla de Saint Croix, en el archipiélago de las Islas Vírgenes de los Estados Unidos, en pleno mar del Caribe, todos sabían que Timmy, el hijo de William y de Ione, el hermano de Cheryl y de Tricia, tenía un sueño: ser nadador olímpico en los Juegos de Barcelona 1992. La culpa, precisamente, era de Tricia, que había participado en los Juegos de Seúl 1988 y que había inoculado a su hermano pequeño el amor por la natación. Su madre Ione supervisaba personalmente la evolución en la piscina de aquel muchacho de 13 años, alto, liviano, de grandes pies y manos enormes, que paraba el cronómetro antes que nadie en los 50 metros libres, en los 100 metros libres, en los 200 metros libres y sobre todo en los 400 metros libres, su prueba preferida.

Timmy, el pequeño Timmy, cumplía las etapas de su existencia sabiendo que había un día señalizado en rojo en el calendario en el que iba a llegar seguro a su destino.  

Al menos fue así hasta el 5 de septiembre de 1989.    

Aquel día, casi 4.500 kilómetros más al este, cerca de África, en las islas de Cabo Verde, una ola de tormentas eléctricas terminó por convertirse seis días después en una tormenta tropical y, ya el día 13, pasó a ser un devastador huracán de categoría cinco que impactó en su plenitud, con vientos por encima de los 260 kilómetros/hora, en Puerto Rico, las Islas Vírgenes de los Estados Unidos y South Carolina. Recibió el nombre de Hugo y se convirtió en uno de los huracanes más costosos de la historia. Fallecieron más de medio centenar de personas y los daños económicos superaron los 17 mil millones de dólares estadounidenses. Muchos edificios y equipamientos quedaron completamente devastados.

Entre ellos, la piscina en la que entrenaba el pequeño Timmy.

En cualquier caso, pese al revés, Timmy todavía podría haber conseguido alcanzar su sueño de ser nadador olímpico en Barcelona 1992, de llegar hasta el día señalizado en rojo en el calendario que marcaba su destino. Su equipo de entrenamiento pronto encontró una nueva ubicación para continuar con la preparación: el mar. Ningún obstáculo más a la vista, salvo por una nimiedad: además de a las alturas, el pequeño Timmy también tenía miedo a los tiburones. Un temor incompatible con entrenar a mar abierto justo antes de que el azar jugara una vez más a convertirse en juez: poco antes de que Timmy cumpliera los 14 años, Ione, su madre, la misma que le animaba desde la orilla a ganar otra centésima más al reloj, falleció tras luchar durante un año contra un cáncer de pecho.         

El pequeño Timmy nunca más volvió a competir como nadador. 

A veces se nos olvida que la vida te puede cambiar en cualquier momento.

Hay que tener preparado un plan de evacuación.

Lo único imprescindible, además de respirar, es saber adaptarse.

II. Tras la muerte de su madre, Tim Duncan, el pequeño Timmy de Christiansted que únicamente quería nadar, comenzó a jugar al básquet para distraer su mente en noveno grado en el St. Dunstan’s Episcopal High School y, años después, se convirtió en el mejor ala-pívot de la historia del baloncesto. Jugó casi veinte años con la camiseta de los San Antonio Spurs, disputó casi 50.000 minutos en la NBA, anotó más de 25.000 puntos y cogió más de 15.000 rebotes. Ganó cinco anillos de campeón y fue tres veces MVP de las finales y otras dos veces MVP de la temporada regular. Disputó quince veces el All Star Game. Fue elegido diez veces en el mejor quinteto de la competición y otras ocho en el mejor quinteto defensivo. 

Cambió el baloncesto para siempre desde la defensa y el movimiento del balón.

Entrenamiento tras entrenamiento.

Partido tras partido.

Sin hacer ruido y sin querer salir en la foto.

Hasta que, mucho tiempo después, un día de verano, se despidió del baloncesto con un escueto párrafo en una hoja de word.

Hay personas que no necesitan levantar nunca la voz para ser importantes en nuestras vidas.

III. Tim Duncan está de regreso como asistente de Gregg Popovich en los San Antonio Spurs y yo no puedo estar más de acuerdo con lo que ha escrito Shea Serrano en este texto en The Ringer. Porque da igual lo que pueda aportar o no Tim Duncan como entrenador (yo creo que muchísimo), ya que Tim Duncan está más allá de cualquier aspecto técnico o táctico del juego. Como escribe Serrano, el universo del baloncesto vuelve a tener sentido de nuevo porque Duncan es una cosa espiritual, filosófica, trascendental. Siguiendo con palabras de Serrano, Duncan es la manera en la que se supone que tiene que ser algo, un planeta, una fuerza, alguien al que tener a tu lado te inspira confianza y te hace ser mejor de una forma etérea, que te hace sentir que tienes la capacidad para acometer cosas que no podrías acometer si no le tuvieras a tu lado.   

¿Cuánta gente os hace sentir así a vuestro alrededor? ¿Un puñado? ¿Una? ¿Ninguna?

Si habéis tenido la suerte de encontrar a alguna de esas personas a vuestro lado podéis gastar todas vuestras energías en no perderla nunca.  

IV. Hace ya más de quince años, me hice periodista deportivo por dos motivos.

Uno, para estar viajando continuamente de una ciudad a otra haciendo reportajes y viendo deporte.

Dos, para poder cubrir todos los Juegos Olímpicos de verano y de invierno hasta el día que me muriera.

Ahora sé que los años en los que cada quince días dormía fuera de mi casa han quedado muy atrás y, sobre todo, que por desgracia nunca en mi vida cubriré unos Juegos Olímpicos de verano o de invierno.

Pero no pienso quemar ninguna etapa más de mi existencia antes de tiempo.

Siempre puede venir el Huracán Hugo a por ti.

Y la vida te puede cambiar en cualquier momento.

Hay que tener preparado un plan de evacuación.

A poder ser, con personas a tu lado que te hagan ser mejor.

Además de respirar, lo único imprescindible es saber adaptarse a cualquier circunstancia.


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