Los pelos de Schottzie

I. Una de las mejores cosas de vivir en Chicago es que puedes disfrutar habitualmente del legado de Frank Lloyd Wright, ya que un gran número de sus edificios se sitúan en Illinois y Wisconsin. Perderte por el maravilloso campus de la Universidad de Chicago y encontrarte con la Frederick C. Robie House de Lloyd Wright cuando tuerces a la izquierda para seguir paseando tranquilamente por Hyde Park. Pasar una mañana de sábado por Oak Park entre los diseños orgánicos del mítico arquitecto. Ver sus muebles de interiorismo en el Art Institute de Chicago o en el Milwaukee Art Museum. Acercarte a Racine a conocer la espectacular sede de la Johnson Wax o ir hasta Wind Point para dejarte atrapar por la armonía de la magnífica Wingspread House.

Son pocas las personas a las que podemos denominar sin miedo a equivocarnos como genios verdaderos y genuinos, irrepetibles.

Frank Lloyd Wright es uno de esos pocos.

Aunque hay que reconocer que Lloyd Wright también fue un hombre egocéntrico, cruel, caprichoso, indiferente al sufrimiento de los demás, que abandonó recurrentemente a sus mujeres (y a sus hijos) para escaparse con otras mujeres más jóvenes, que vivió siempre al borde de la ilegalidad, plagado de deudas, y que, incluso, nunca pagó a sus empleados, sino que era él quien les cobraba a ellos por dejarles aprender a su lado mientras se dedicaban a hacerle las comidas o limpiaban su casa en una sociedad privada que llamó The Taliesin Fellowship (La Cofradía de Taliesin) y que vista desde fuera parece más una secta religiosa que cualquier otra cosa.

II. Hace unos días, Catanovski, uno de los analistas de referencia entre los aficionados de la NFL en español, dijo una cosa muy interesante en el podcast PepeDiario del periodista Pepe Rodríguez a propósito de la nueva ley aprobada en California y que permitirá a partir de 2023 a los jugadores de la NCAA recaudar dinero con su nombre e imagen (podéis escuchar lo que él dijo aquí y también podéis escuchar aquí lo que yo dije sobre ese mismo tema un día después). Resumiendo muchísimo, Catanovski defendió que nosotros, las personas, fallamos como sociedad al establecer a los deportistas como modelos de comportamiento, al igual que hicieron los griegos hace más de dos mil años al colocar a los atletas olímpicos como el modelo de virtud.

No puedo estar más de acuerdo con ese pensamiento.

La culpa es completamente nuestra, no suya.

III. Vive el mundo NBA revolucionado porque a Daryl Morey, el excelso general manager de los Houston Rockets, se le ocurrió poner el pasado viernes en Twitter un tuit, ya borrado, que decía exactamente lo siguiente: “Lucha por la libertad, apoya a Hong Kong”. Al régimen chino no le gustó tal manifestación de libertad de expresión y en las oficinas de la competición estadounidense, con el comisionado Adam Silver a la cabeza, temblaron de miedo ante la reacción del Gobierno del país asiático. Tilman Fertitta, el dueño de los Rockets, no tardó en desligar públicamente las palabras de Morey con la franquicia texana. El propio Morey, según diversos medios estadounidenses, estuvo al borde del despido. La NBA emitió un comunicado lamentando las palabras de Morey (en inglés, porque una traducción china del comunicado iba todavía más allá y decía que la NBA se sentía “extremadamente disgustada con el inapropiado comentario de Morey”). James Harden, la megaestrella de los Rockets, salió a hablar ante los periodistas también para pedir perdón, ya que “nos encanta todo de los aficionados chinos y apreciamos el apoyo que nos brindan individualmente y como una organización”. E, incluso, el mismísimo Adam Silver tuvo que emitir su propio comunicado.

Muchas veces, lo que ocurre se entiende mejor con números. En este caso, hay cinco a destacar:

  • NBA China, la empresa que gestiona el contenido de la competición estadounidense en el país asiático, tiene actualmente un valor superior a los 4.000 millones de dólares.

  • El acuerdo de la NBA con Tencent para retransmitir sus contenidos en China tiene un precio de 1.500 millones de dólares por los próximos cinco años.

  • El año pasado, 490 millones de chinos vieron contenido NBA en las plataformas de Tencent.

  • El año pasado, 21 millones de chinos vieron el sexto partido de la final de la NBA en Tencent.

  • El año pasado, las franquicias de la NBA sumaron 47 millones de nuevos seguidores en las redes sociales en China.

De esos cinco datos, el más importante, el clave, es el primero de todos ellos.

¿Está actuando la NBA de esta forma con China porque teme perder miles de millones de dólares en su mercado publicitario más importante y estratégico?

Sin duda alguna.

¿Está siendo la NBA hipócrita con su forma de actuar?

También sin duda alguna.

Pero, en realidad, todos nosotros somos tan hipócritas como la NBA porque nos negamos a creer que aquella NBA que molaba, la de hace apenas unos meses, la de la lucha contra las injusticias sociales y la defensa de la igualdad, se comportaba así única y exclusivamente por una cuestión tan económica como la de ahora con China, para poder diferenciarse de otras competiciones (NFL, MLB, etc.) y atraer a otro tipo de clientes más jóvenes y con mayor inquietud social en un mercado tan exponencialmente interesante comercialmente para ellos como es el mercado chino, aunque aparentemente ambos mercados sean mercados completamente contrarios entre sí (eso de que son mercados completamente contrarios entre sí habría que verlo más detenidamente).

Los principios de una competición deportiva se describen únicamente en una sucesión de billetes contantes y sonantes.

Y puede que, al final, lo mejor para todos sea que eso suceda exactamente así.

IV. Alguno quizá se acuerde de Marge Schott, la propietaria de los Cincinnati Reds desde mediados de los ochenta hasta finales del siglo XX. Sería lo normal, puesto que Schott y sus ocurrencias son difíciles de olvidar (mi preferida: los pelos que le quitaba a Schottzie, su perro San Bernardo, para frotárselos a los jugadores de su equipo para que tuvieran buena suerte en el campo). Y más todavía lo son sus declaraciones. Un día, ya en los noventa, se le ocurrió decir que no entendía el motivo por el que la palabra “Jap”, el término extremadamente despectivo y racista con el que los estadounidenses se refieren a veces a los japoneses desde la Segunda Guerra Mundial, fuera ofensiva. La MLB la sancionó, pero ella no se quedó callada. Unos años más tarde, en 1996, volvió a abrir su boca para defender públicamente la memoria de Adolf Hitler, del que dijo textualmente que “fue bueno en el principio, pero fue demasiado lejos”. Podría ser otro pequeño desliz si no fuera porque apenas unos días después la revista Sports Illustrated la citó burlándose del acento japonés tras su encuentro con el Primer Ministro de Japón y porque, poco más tarde, cerró la polémica racial asegurando que no le gustaba que los niños asiáticos-americanos “superaran a nuestros niños” en los institutos.

Se podría decir que Marge Schott era, como mínimo, un poco retrógrada, ya que despidió a Davey Johnson, su exitoso manager, por vivir con su prometida Susan sin estar casado (por no hablar de su política anti vello facial y anti pendientes en las orejas para sus jugadores).

Se podría decir que Marge Schott era, posiblemente, algo egoísta e insensible, ya que el 1 de abril de 1996, en el partido de Opening Day que los Reds jugaron en Cincinnati ante los Montreal Expos, John McSherry, uno de los árbitros del encuentro, cayó desplomado sobre el campo durante el juego y fue declarado muerto apenas una hora después y a Schott la captaron las cámaras visiblemente enfadada porque el resto de los árbitros había decidido que el encuentro debía posponerse hasta el día siguiente por el fallecimiento de su compañero.

Se podría decir que Marge Schott era, casi seguro, ligeramente racista, ya que estaba totalmente en contra de contratar a afroamericanos y judíos en su franquicia y llegó a manifestar antes de una reunión de propietarios de la MLB que “prefiero que un mono entrenado trabaje para mí que un negro”.

Se podría decir que Marge Schott era, incluso, simpatizante nazi, ya que tenía a buen recaudo en su casa un brazalete con una esvástica.

Pero aunque podamos decir todo lo que queramos decir, la pregunta realmente importante es la siguiente: ¿cuántos aficionados de los Reds preferirían que una persona como Marge Schott no hubiera sido su presidenta pese a que ella fue la dueña que consiguió devolverles el título de las World Series (en 1990, su quinto y hasta la fecha último) y cuántos aficionados de los Reds no tienen ningún problema con lo que hacía y pensaba Marge Schott porque ella fue precisamente la dueña que consiguió devolverles el título de las World Series y desde su marcha hace veinte años, obligada por la MLB, su equipo es uno de los peores de toda la competición con únicamente tres presencias en la postemporada?

Creo que todos nosotros conocemos de sobra la respuesta a esa pregunta.

Y estoy seguro de que la NBA también.

Aunque no se ha demostrado nunca que él la pronunciara realmente (y él lo niega), hay una frase que se le atribuye desde la década de los noventa a Michael Jordan, el mejor jugador de la historia de la NBA, que lo define a la perfección: “Los republicanos también compran zapatillas”.

Y también los comunistas.

Con dinero contante y sonante.


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