Mancino

I. Hay algunas cosas de mí que, aunque la mayoría de vosotros tal vez no vayáis a compartir, quizá deberíais saber. Es lo más justo para la relación que hemos adquirido en este espacio. Por ejemplo, sueño enormemente desde hace la tira de años con España y Portugal formando parte de un mismo país que se llame Iberia. Por ejemplo, nunca encuentro la manera de explicarlo correctamente, pero en mi interior siento que una parte de mí es irlandesa. Por ejemplo, al contrario de lo que le ocurre a casi todos los españoles, yo adoro Italia y a los italianos: tienen la mejor palabra para denominar al fútbol (calcio, que significa, literalmente, patada), a la izquierda (sinistra) y a las personas zurdas (mancino), la mejor bebida de la historia (el Spritz, a poder ser siempre con Aperol, no con Campari) y su vermú es (lo siento por la herejía patria) infinitamente mejor al nuestro, especialmente si tienes la oportunidad de tomarlo en la Sacrestia Farmacia Alcolica, junto al Naviglio Pavese, en Milano.

Es importante que os cuente estas intimidades porque, como ya sabéis por textos anteriores, creo firmemente que las casualidades no existen y, por lo tanto, las cosas que me sucedieron en mi vida al otro lado del Atlántico han de tener obligatoriamente una explicación lógica.

Por ejemplo, que mi día preferido de Chicago sea el 17 de marzo, el día en el que el río se tiñe de verde en honor a Saint Patrick.

Por ejemplo, que el estadounidense con el que tuve mejor relación de todos los que conocí fuera un tipo de Michigan cuyo tatarabuelo emigró desde Sicilia a Cleveland.

Por ejemplo, que una de las chicas del grupo recurrente que formábamos para salir de breweries fuera una estadounidense de origen hindú y de antepasados y apellidos portugueses.

Por ejemplo, que la segunda fiesta a la que fuimos mi mujer y yo en Chicago se celebrara en la calle en la que se encuentra el National Italian American Sports Hall Of Fame y que esa noche nos comiéramos un trozo de pizza al lado de la estatua de Joseph Paul DiMaggio bateando (el gran Joe, el hijo de una familia de pescadores emigrados desde Sicilia que nació en California con el nombre de Giuseppe Paolo antes de convertirse en uno de los mejores jugadores de la historia del béisbol y de enamorar al icono, Marilyn Monroe).

Por ejemplo, que una de las ciudades que más me gustó de todas las que visité en Estados Unidos fuera Boston, con sus cannoli del Mike’s Pastry en el North End y sus centenares de miles de inmigrantes irlandeses asentados en sus barrios.

Hay un dato determinante que explica que nada de lo que os estoy contando puede ser casualidad: los dos grupos étnicos más numerosos de Boston son los irlandeses y los italianos y juntos suman casi un cuarto de la población bostoniana.

No hay duda: hoy todos los caminos nos conducen a… Boston.

II. Dispuesto a pasar los siguientes minutos de mi vida en Boston, quiero centrarme exclusivamente en la figura de un ser humano que a veces me inquieta, pero que sobre todo me apasiona. Se trata de uno de los trece jugadores de la historia que han militado en la MLB y en la NBA, el jugador más joven, con 20 años y 77 días, de los Toronto Blue Jays en batear un home run hasta que Vladimir Guerrero Jr. le superó el pasado 14 de mayo al mandar la pelota a las gradas con 20 años y 59 días. Se trata también de un John R. Wooden Award, de un doble campeón de la NBA como jugador, de todo un All Star.

Sí, se trata de Danny Ainge.

Vale, os soltaré la bomba sin rodeos y sin esperas, que no he creado este espacio para dejarme nada guardado en la recámara, sino para decir lo que quiera y lo que pienso: será el hombre que más insultos ha recibido en las redes sociales por la manera de gestionar sus activos, pero a mí me encanta el Danny Ainge de los despachos, el Danny Ainge estratega.

Llegó a su puesto y tomó decisiones desde el principio, sin rehuir nunca su responsabilidad (traspaso de Antoine Walker a los Mavs nada más aterrizar en el cargo).

Apostó por Doc Rivers y le mantuvo como head coach pese a la presión ejercida por algunos de los columnistas más seguidos de Estados Unidos (sí, hablo de aquellas columnas de Bill Simmons).

Consiguió mantener en el equipo a Paul Pierce y fue valiente para juntarle con Kevin Garnett, Ray Allen y Rajon Rondo (los tres en traspasos con jugadores y activos de por medio, recordad) y convertir en tiempo récord a un equipo perdedor (24 victorias y 58 derrotas) en campeón de la NBA veintidós años después.

Supo adelantarse, en contra de la opinión pública y de los aficionados, al declive de la columna vertebral de los éxitos de su plantilla para protagonizar el traspaso más beneficioso de la historia de la competición (el de Garnett y Pierce a los Nets).

Aupó a un entrenador joven y con muchísimo potencial (Brad Stevens) y minimizó de nuevo en el tiempo el plazo de pasar de un equipo perdedor a otro ganador (sólo se quedó fuera de los playoffs en el curso 2013/2014).

Formó un núcleo joven mediante acumulación de elecciones del draft (Marcus Smart, Terry Rozier, Jaylen Brown, Jayson Tatum), encontró segundas estrellas complementarias en el mercado (Al Horford, Gordon Hayward) y cedió uno de sus activos a futuro cuando una estrella rutilante que podía marcar la diferencia se puso a tiro (Kyrie Irving; si bien ha estado cerca de ganar también en otros movimientos de estrellas: por ejemplo, en verano de 2016 hasta Tom Brady acudió a los Hamptons para intentar convencer a Kevin Durant de que fichara por los Celtics).

Ha metido trece veces en dieciséis temporadas en el cargo a los Celtics en playoffs después de protagonizar más de un centenar de movimientos de jugadores en su plantilla, más de medio centenar de traspasos y tener más de cuarenta elecciones del draft.

Y este verano ha sabido responder a la marcha de Kyrie Irving haciéndose con Kemba Walker.

Puede que los Celtics de Ainge nunca hayan logrado alcanzar el salto de calidad que todo el mundo creía que iban a dar.

Puede que los Celtics de Ainge hayan terminado por fracasar.

Puede que los Celtics de Ainge tengan ahora mismo una peor plantilla que hace 365 días.

O puede que no.

A veces los acontecimientos NO suceden como uno tiene previsto.

Aunque la mayoría de tus decisiones hayan sido las acertadas.

III. Si hablo sobre decisiones acertadas hay dos nombres que me vienen siempre a la cabeza y ni siquiera necesito salir de Boston o, como piensa Kyrie Irving, que la Tierra sea plana: Bill Belichick y los New England Patriots.

En 19 años en el cargo, el entrenador/general manager/líder plenipotenciario y omnipotente de todo el tinglado lleva dieciséis presencias en la postemporada, seis títulos y, lo que es más importante, la tácita sensación de que nunca hace nada mal.

A mí me cuesta explicarlo, todavía más entenderlo, pero es así, una realidad innegable: los Patriots de Belichick lo hacen todo bien.

Porque os recuerdo que Tom Brady fue el número 199 de su draft.

Y que Julian Edelman fue el 232 del suyo.

Y que ningún equipo tienen nunca mejor preparado un partido que los Patriots.

Y que ninguna franquicia optimiza sus recursos mejor que los Patriots.

Y que ningún entrenador consigue sacar mayor rédito a las posibilidades de sus jugadores que Bill Belichick.

A veces los acontecimientos SÍ suceden como uno tiene previsto.

Incluso cuando la mayoría de tus decisiones hayan sido las acertadas.

IV. Al atardecer, en Milano, también en Venezia, la gente se sienta a la orilla de los canales, en el Naviglio Grande, en la Darsena, en el Canal Grande, a charlar con amigos, a tomarse una cerveza, un vino, a ligar, en definitiva a pasar un buen rato.

Yo he sido uno de ellos.

Es una fotografía digna de ver.

Pero en esa fotografía no somos capaces de apreciar que el agua estancada suele oler mal y llena el ambiente de mosquitos.

Y que en Venezia la humedad hace que no puedas parar de sudar entre la marabunta de turistas.

Y que el sol de Firenze es abrasador.

Y que para ver un partido de la Roma en la Curva Sud del Stadio Olimpico hay que pasar tropecientos controles policiales en los que te hacen quitar hasta los calcetines (aunque la experiencia de ver un partido de la Roma en la Curva Sud es tan acojonante que da igual todos los controles que haya que pasar).

Supongo que la diferencia entre Danny Ainge y Bill Belichick es que uno viajaría hasta Italia para comprobarlo y el otro se alojaría durante una semana en una suite en el Hotel The Venetian en Las Vegas para pasear en góndola por debajo de una réplica del Ponte di Rialto.

Elegid vosotros quién es quién.

Yo no lo tengo tan claro.


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