Entregar las armas

I. Soy un firme defensor de nuestras contradicciones porque creo que son las que nos convierten en seres humanos.

Por ejemplo, todas esas personas divertidas y chistosas que, en realidad, están llenas de tristeza.

Por ejemplo, todas esas personas agresivas que, en realidad, esconden un sentimiento de debilidad e inferioridad.

Por ejemplo, todas esas personas que dicen estar deseando conocer gente que, en realidad, no desean salir de su zona de confort.

Por ejemplo, todas esas personas que quieren solucionar el mundo que, en realidad, lo único que hacen es debatir durante horas, generar discusión y no llegar nunca a ninguna conclusión provechosa (escribió Ryszard Kapuscinski que eso era lo que mejor nos definía a los latinos).

Por ejemplo, todas esas personas que dicen no tener miedo que, en realidad, lo único que hacen es retrasar eternamente el momento en el que tienen que enfrentarse a él.

Por ejemplo, todas esas personas que sueñan con viajar alrededor del mundo que, en realidad, viven apegadas a su lugar de origen.

Por ejemplo, todas esas personas que alardean de no ser racistas que, en realidad, cierran las fronteras para que no pueda entrar nadie que sea diferente a ellas (como si, de verdad, la gente fuera igual por compartir la misma raza, credo o nacionalidad).

En fin, podría seguir escribiendo durante horas, pero creo que más o menos entendéis lo que os quiero decir.

La vida se nutre de contradicciones (las matemáticas y sus paradojas, la filosofía, los sistemas económicos, las relaciones personales, el deporte, etc).

Nosotros nos alimentamos de esas contradicciones.

Pero ninguna de ellas, en cualquier caso, es tan buena como la contradicción de mi padre: es cazador y sale a cazar cada fin de semana por el campo, pero lleva años y años y años sin disparar su escopeta porque le da muchísima pena que mueran los animales con los que se encuentra en su camino.

A esa contradicción yo la llamo la Paradoja del cazador que, en realidad, lo único que quiere es salir al campo a pasear para poder ver animales vivos corriendo entre matojos y todavía no se ha dado cuenta de ello.

Sí, ya sé que es un nombre un poco largo y que tal vez debería empezar a llamarla la Paradoja de mi padre.

Tenéis razón.

Sin duda.

Pero igualmente tenéis que entender que yo, como vosotros, también estoy lleno de mis propias contradicciones.

II. He vivido todo lo que ha ocurrido alrededor de Antonio Brown con la misma indiferencia con la que viví su salida de los Pittsburgh Steelers. Vista la polémica que se ha creado alrededor de él a lo largo de los últimos quince días, quizá sea complicado entender mi posición, pero parte única y exclusivamente del entendimiento. O, más bien, del conocimiento.

Os lo explico, claro.

Es fácil: no me sorprende nada de lo que pueda decir o hacer Antonio Brown porque nadie ha entendido mejor que él esta era de las redes sociales y, por ello, nadie maneja mejor que Antonio Brown el ciclo informativo de los acontecimientos. Todos, absolutamente todos, vamos detrás del ritmo noticioso que nos marca él en sus redes sociales, con sus vídeos, sus fotografías y sus tuits. Pura acción y reacción. Un centro de atención rodeado de personas que no dejan de mirar. Jugadores, entrenadores, propietarios, aficionados, periodistas… Todos sin excepción bailamos al son de la música que él nos marca. Una música que, hoy en día, siempre la tocan las grandes estrellas de cualquier deporte.

Hay más explicación y sigue siendo igual de fácil: por mucho que sea ilegal en las competiciones estadounidenses, no creo que nadie a estas alturas de la humanidad se crea que las franquicias norteamericanas no hacen tampering (traducción: según la NFL, la interferencia que alguien de un club hace en la relación empleador-empleado de otro club o cualquier intento de un club de inducir a una persona a buscar empleo en ese club).

¿A alguien le extraña que la mayoría de grandes fichajes en la NBA o en la NFL se anuncien oficialmente el primer día que empieza la agencia libre cuando, en teoría, los jugadores y las franquicias no han podido todavía hablar entre ellos al tener los jugadores contratos en otras franquicias?

Seguro que no.

Igual de seguro de que a nadie le extraña que Antonio Brown haya forzado su salida de los Steelers para poder firmar un nuevo contrato en otro equipo y que, apenas unos meses después y al ver que su nuevo equipo mediante penalizaciones por su mala conducta le dejara sin 30 millones de dólares garantizados, haya forzado su salida de los Oakland Raiders para poder terminar fichando por los New England Patriots, el equipo más laureado de la NFL en el siglo XXI.

A mí, de hecho, me parece que todo lo que ha ocurrido no esconde nada más que una normalidad rotunda y aplastante.

Esté o no de acuerdo con lo que ha sucedido.

Esa es otra historia bien diferente.

III. Antonio Brown es un ejemplo fidedigno de la importancia capital que le damos al talento en nuestra sociedad. Cualquier otro jugador que hubiera hecho lo que él ha hecho a lo largo de los últimos meses (¿años?) de su trayectoria ya no estaría en la NFL (o, como mínimo, no tendría un contrato con 9 millones de dólares de signing bonus + 1 millón de dólares de salario asegurados para este año y una cláusula en su contrato que si se ejecuta le reporta 20 millones de dólares garantizados para la próxima campaña), pero al talento se le perdona todo porque escasea. Es injusto, lo sé, y crea una realidad falsa y errónea. Es mil veces más importante rodearte de gente trabajadora y sin talento que de gente talentosa y sin capacidad de trabajo (va una contradicción mía: no sé si estoy del todo de acuerdo con la frase que acabo de escribir), pero el éxito siempre lo dibujamos con la primera parte de esa sentencia y no con la segunda.

Es, en realidad, también muy fácil de explicar: somos una sociedad triunfalista. Lo que valoramos es la consecución del objetivo, no el camino que nos ha llevado hasta ese objetivo.

O, por simplificarlo, en palabras de Keyshawn Johnson, analista de la ESPN y exjugador de la NFL, en un reportaje de Tom Reed en The Athletic sobre Odell Beckham Jr., Antonio Brown y otros “diva receiver” de la competición: “Si él es un jugador bueno, no me importan las otras cosas. Si él me ayuda a ganar, no puede importarme menos”.

Porque lo que importa es el qué, no el cómo, ni el quién.

Porque lo que importa es ganar, no la manera de lograrlo, ni la personalidad de los personas con las que lo logras.

Y, sobre todo, por encima de cualquier otra circunstancia, porque el talento es lo que más escasea en este mundo y tenerlo es, la mayoría de las veces, el factor diferencial.

IV. Por mi parte, lo único que le puedo decir a Antonio Brown es lo mismo que me dice mi madre cada mes de septiembre cuando empieza a acercarse la veda de caza.

“Si lo que tiene que hacer tu padre ya es entregar las armas”.

Y, nada más entregarlas, darle las gracias a su contradicción por convertirle en un ser humano.

A esa contradicción, creo que voy a tener que empezar a llamarla la Paradoja de mi padre.


PS. En este texto me he centrado únicamente en el aspecto deportivo de Antonio Brown y no he querido entrar a valorar la acusación de violación que una mujer ha presentado judicialmente ante el receptor de los New England Patriots, ya que no tengo ni idea de lo que sucedió porque no estaba allí y creo firmemente que las cuestiones judiciales las tiene que juzgar el sistema judicial y no yo. Sé que es un pensamiento simplista y que no expresar mi opinión sobre ese tema no es lo habitual en esta sociedad justiciera que nos ha tocado vivir, pero la verdad es que soy demasiado viejo ya para cambiar lo que he pensado desde que era pequeño. Y, además, me da mucha pereza tener que cambiarlo. Con lo a gusto que estoy yo con mi vida ahora mismo.


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