Yottametros

I. Desde los 16 años y hasta su jubilación, mi padre trabajó casi cincuenta años en una granja de gallinas. Mientras, mi madre empezó a trabajar cosiendo en una fábrica de artículos de lencería de mujer, después lo dejó para cuidar a sus hijos y, cuando sus hijos ya éramos lo suficientemente mayores, trabajó hasta que se jubiló en el comedor de un colegio público. Muchos años antes de eso, se casaron y pasaron su luna de miel en las Islas Canarias. No he tenido que pensarlo mucho tiempo para darme cuenta de que ese es el viaje en el que más lejos han estado de la Península Ibérica en toda su vida.

Cuento esa anécdota porque, en la actualidad y con la irrupción imparable de Internet, a veces perdemos la perspectiva y nos olvidamos de lo que era ser hace apenas veinticinco o treinta años de una ciudad como Guadalajara (o Soria o Teruel o Segovia o Cuenca, por citar algunas de mis ciudades preferidas y que TAMBIÉN EXISTEN) o de un pueblo perdido de Asturias (o de León o de Cáceres o de Cantabria) y tener inquietudes, llamémoslas, extrañas, que se salían de lo que en esas pequeñas capitales de provincia o en esos pueblos perdidos se consideraba como lo normal. Por ejemplo, que te gustara el deporte estadounidense. Por ejemplo, que te gustara la música punk. Por ejemplo, que te gustara el cine clásico en versión original. Por ejemplo, que te gustaran los cómics. Por ejemplo, que te gustara la literatura de los autores del Dirty Realism o de la Generación Beat.

Todo eso sonaba a deseos inalcanzables al otro lado del planeta al menos hasta que tenías la edad suficiente para poder montar en un tren que te llevara a Madrid. O el dinero necesario para comprar una revista especializada. O algún amigo con un hermano muy mayor. O un primo segundo o tercero de Barcelona que veraneaba en tu pueblo. O un profesor de inglés que fuera lo suficientemente joven, británico y enrollado como para ponerte canciones de los Buzzcocks en sus clases en la escuela de idiomas.

Aunque apenas hay 60 kilómetros de distancia entre ellas, en aquella época no tan lejana la diferencia entre nacer en Madrid o en Guadalajara (o en Barcelona y Cella o en Zaragoza y Almazán, etc.) en realidad debería haberse medido en yottametros.*

Ahora, con Internet, evidentemente esa diferencia apenas se percibe.

Pero antes, hace apenas un par de décadas o tres, sí que se percibía.

Mucho.

Muchísimo.

Supongo que esa es la singular y solitaria manera posible para entender que yo guardara en un cajón de mi casa un paquete de chicles medio usado durante más de una década. Lo hice única y exclusivamente porque no era un paquete de chicles cualquiera, sino porque se trataba de un paquete de chicles de Wrigley's Gum Doublemint que uno de los jefes de mi padre HABÍA TRAÍDO DIRECTAMENTE DESDE ESTADOS UNIDOS y había decidido regalarme después de meterse uno de ellos en su boca y ver mi cara de niño pequeño asombrado un día que vino a nuestra casa.

Evidentemente, ese no era un regalo sin valor que tenía que mascar y acabar tirando en una basura, sino que ese era un tesoro exótico que tenía que preservar a buen recaudo por los siglos de los siglos y que indudablemente marcaría mi futuro (¡ERA DE ESTADOS UNIDOS! ¡DE AQUEL SITIO LEJANO Y MISTERIOSO EN EL QUE JUGABAN BIRD, JORDAN Y MAGIC Y AL QUE YO NUNCA EN MI VIDA IBA A PODER IR PORQUE LO MÁS LEJOS QUE IBA A ESTAR ERA EN LAS ISLAS CANARIAS DE VIAJE DE NOVIOS COMO MIS PADRES!).

No en vano, pocos años después de esa anécdota, cuando empecé a seguir béisbol, aquel paquete de chicles de Wrigley's Gum Doublemint tuvo un protagonismo relevante para que yo eligiera equipo de la MLB al que animar.

¿O acaso hay muchos equipos de béisbol en los que su estadio se llame Wrigley Field?

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II. El punto anterior parte del vídeo que los Probowlers, el magnífico canal de football americano en Youtube de Buse y Nayo (¡A SUSCRIBIRSE!), realizaron hace unas semanas en Madrid en la firma de libros de Rubén Ibeas, senior analyst de football, comentarista de NFL en Movistar+ e integrante del podcast de NFL en Estado Puro. En ese vídeo, Marco Álvarez, también senior analyst de football y la otra mitad de NFL en Estado Puro, cuenta que se aficionó a la NFL por el videojuego NFL Football '94 Starring Joe Montana y, desde que lo vi, llevo bastante tiempo pensando en los motivos por los que nos aficionamos a unas u otras cosas.

Son motivos que suelen ser insólitos y fortuitos, pero que, al contrario, también pueden ser razonados e inevitables.

Y, sobre todo, que no cuentan con un mismo patrón de conducta para todos nosotros.

Por ejemplo, al igual que Marco, yo llevo jugando a videojuegos de football gran parte de mi vida, pero en mi caso, aunque casi simultáneamente, fue al revés: mi atracción por los videojuegos de football llegó después de que yo ya empezara a prestar atención a la NFL.

Y si sigo rebuscando en mi alrededor no encuentro un único y solitario patrón de conducta.

Por ejemplo, creo recordar que aproximadamente desde el Madden NFL 1997 cuando estábamos en la adolescencia y hasta que ya habíamos pasado de forma amplia nuestro periplo universitario muchos años después, tres o cuatro de los chicos de la cuadrilla quedábamos una gran mayoría de viernes en alguna casa para jugar al Madden antes de salir de marcha, pero en aquella época yo era el único de ellos que seguía de forma asidua la NFL. Y por lo que yo sé, en la actualidad, dos de nosotros seguimos jugando al Madden de vez en cuando, pero yo continúo siendo el único de nosotros que sigue de forma (ahora) ENFERMIZA la NFL.

Al contrario que yo, veo que todavía existe gente que, por su propio bien, sabe administrar sus vicios con mesura y cabeza.

III. En cualquier caso, no deja de ser curioso que gracias al placer adictivo de un videojuego como fue el NFL Football '94 Starring Joe Montana podamos ahora contar con uno de los mejores analistas de football como es Marco. Por mi parte, no sé si yo llegaré a la locura transitoria de dios Posnanski y su amigo Jim con el videojuego NHL 94 (se obsesionaron tanto con ese videojuego que una noche en la que estaban jugando la casa se llenó de humo porque la chimenea no funcionaba y no se dieron ni cuenta hasta que salió asustada la novia del amigo de Posnanski de su habitación al ver el humo; acto seguido, cuando por fin abrieron las ventanas, ventilaron la casa y la novia del amigo de Posnanski regresó a la habitación, ellos dos continuaron jugando al videojuego) o a la insana obsesión de Brodie con el videojuego NHL All-Star Hockey en la película Mallrats* (cuando su novia Rene le despierta de la cama a las 9:30 horas, lo primero que hace es, pese a haberle prometido a Rene ir a desayunar, reanudar una partida entre los extintos Hartford Whalers y los Vancouver Canucks que había dejado en pausa la noche anterior para dormirse; la escena termina con Rene saliendo por una ventana de la habitación de Brodie en el sótano de la casa de sus padres para que la madre de Brodie no la vea y tirándole desde esa ventana una carta a Brodie en la que le dice que le deja), pero los videojuegos sí que me parecen una excusa perfecta para aficionarte a un deporte.

Sé perfectamente de lo que hablo.

Sin ir más lejos, mi afición a la NHL no existiría sin un videojuego y una videoconsola.

El juego se llamaba NHL 98 y la consola era la PlayStation 1.

Y como mis padres no me dejaban jugar con ella hasta que llegaba el viernes después de comer, recuerdo terminar el postre y salir corriendo a mi habitación para encender la televisión de mi abuelo materno que él mismo me regaló, encender también la PlayStation 1, cargar el NHL 98 y estar encerrado en esa habitación durante horas mientras que Chris Osgood, Nicklas Lidström, Larry Murphy, Steve Yzerman, Brendan Shanahan, ¡¡SERGEI FEDOROV!!, Martin Lapointe, Darren McCarty, Vyacheslav Kozlov, Igor Larionov y compañía ganaban partido tras partido.

Aunque ahora mismo quiero creer que, al contrario de Brodie, yo sí que habría detenido el videojuego para desayunar con Rene.

Tal vez.

¿No?

IV. No lo sé, no puedo asegurarlo. Lo único que puedo asegurar es que ya hace mucho tiempo que creo que toda mi vida se resume en que desde cualquier sitio en el que esté en cualquier momento siempre hay una distancia de 106 miles to Chicago* y la culpa es de John Belushi. Supongo que por su culpa también adoro más que nada en este mundo pasear por las universidades norteamericanas para ver si alguna hermandad está haciendo alguna fiesta toga como John Blutarski y sus amigos en National Lampoon's Animal House.

Me imagino que en este momento ya podéis entender la razón por la que este fin de semana pasado he disfrutado como un niño pequeño con los partidos de la semana de rivalidades de la NCAA Football.

Por culpa, principalmente, de un cómico.

Y, en parte, también de los videojuegos.

La mayoría de vosotros creeréis que esos dos son un par de motivos insólitos y fortuitos, pero, en realidad, os aseguro que se trata de un par de motivos totalmente razonados e inevitables.


*Un yottametro es la medida de longitud más grande aprobada por el Sistema Internacional de Unidades. Su símbolo es Ym y equivale a un cuatrillón de metros (es decir, 1.000.000.000.000.000.000.000.000 metros). Normalmente, un yottametro se utiliza para medir distancias intergalácticas, al igual que se usan también los pársecs o los años luz.

*Sin ninguna duda, las películas de Kevin Smith fueron mi adicción preferida en los años noventa.

*Traducción: 170 kilómetros hasta Chicago. Es parte del diálogo de una de las escenas más icónicas de la película Blues Brothers: “It's 106 miles to Chicago, we've got a full tank of gas, half a pack of cigarettes, it's dark and we're wearing sunglasses/Hit it!” (Traducción: Hay 170 kilómetros hasta Chicago, tenemos el depósito de gasolina lleno, medio paquete de cigarrillos, está oscuro y nosotros llevamos gafas de sol/¡Arranca!).


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